Mural

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Muchos de los artistas puertorriqueños de la Isla se han desplazado por períodos largos y cortos a Estados Unidos y a otros países en busca de horizontes para su arte. Aun aquellos que viven en Puerto Rico mantienen comunicación e intercambio con los de la metrópoli. Los temas de búsqueda de identidad, resistencia a la asimilación, y la condición colonial de los puertorriqueños a menudo se manifiestan en las obras de ambos grupos.

Los esfuerzos y los logros de los artistas puertorriqueños en los últimos cincuenta años no son muy diferentes de las tribulaciones de sus predecesores, sobre todo en lo que respecta a los peregrinajes en busca de maestros y de experiencias formativas. Las poderosas imágenes de Puerto Rico plasmadas en los lienzos de Francisco Oller (1833-1917)-“El velorio” (1849)-y de Ramón Frade (1875-1954)-“El pan nuestro” (1905)-fueron inspiración para sus sucesores. La representación de escenas nativas y la creación de símbolos que aluden a ambientes hostiles y ajenos son hasta el presente temas obligados para los artistas de la diáspora.

La historiadora del arte, Susana Torruella Leval, en el ensayo “Los artistas puertorriqueños en Estados Unidos: Solidaridad, resistencia, identidad” del libro Puerto Rico Arte e Identidad (Río Piedras: Editorial de la Universidad de PR, 1998), divide en tres ciclos las actividades de los artistas puertorriqueños en Estados Unidos. El primer ciclo se inicia en la década de 1950, cuando se abre el diálogo entre los artistas isleños y los de la metrópoli alrededor de la definición de una identidad cultural. El segundo ocurre durante el movimiento de revitalización étnica de los años sesenta y setenta, y sus ejes son la protesta social y afirmación comunitaria. El tercer ciclo vincula a los puertorriqueños en Estados Unidos con las luchas y temas de la experiencia de los latinos(as) y otras minorías en este país. En el segundo y tercer ciclo se establecieron instituciones artísticas claves, que hoy día son los focos principales para la promoción de las artes puertorriqueñas en Estados Unidos, tales como el Taller Boricua y el Museo del Barrio en Nueva York, el Taller Puertorriqueño en Filadelfia.y el Juan Antonio Corretjer Puerto Rican Cultural Center (PRCC) en Chicago.

Antes de la década del cincuenta varios artistas puertorriqueños se instalaron en Estados Unidos, mas por lo general trabajaron aislados unos de otros y de los ambientes artísticos de la época. Entre ellos estaba Juan De” Prey, de ascendencia haitiana y puertorriqueña, quien llegó a Nueva York en 1929 y se dio a conocer por paisajes que muestran la nostalgia por su tierra natal y su origen mulato. Peter Bloch en su libro Painting and Sculpture of the Puerto Ricans (New York: Plus Ultra, 1978) ha señalado que su estilo es comparable al de Gauguin, en particular sus retratos de niños. Antes de convertirse en uno de los más célebres artistas puertorriqueños, Lorenzo Homar estuvo unos años en Nueva York en la década del treinta, como diseñador de joyas para la famosa casa Cartier. Rafael D. Palacios llegó a Nueva York en 1938. Era pintor, pero hizo su carrera como ilustrador de libros y cartógrafo para las principales casas editoras de Estados Unidos. Sus impecables mapas acompañan gran parte de los libros de historia de Isaac Asimov, memorias de la Segunda Guerra Mundial, y los libros sobre la Guerra Civil de Bruce Catton. Según señala Marimar Benítez en “The Special Case of Puerto Rico” en The Latin American Spirit: Art and Artists in the United Status, 1920-1970 (New York, NY: Bronx Museum of the Arts, 1988), Olga Albizu fue otra artista puertorriqueña que logró algún reconocimiento en Nueva York antes de la década del sesenta. Expuso en la galería de la Asociación de Estados Americanos y diseñó carátulas de discos para la casa RCA Victor.

Mural titulado Sea of Flags (Mar de banderas) de Gamaliel Rodríguez y Eren Star Padilla.

Mural titulado Sea of Flags (Mar de banderas) de Gamaliel Rodríguez y Eren Star Padilla.

La actividad cultural de la diáspora puertorriqueña se vio influida por una ambiciosa iniciativa del gobierno de Puerto Rico durante la década de 1950. Para contrarrestar algunos de los efectos de los rápidos cambios que estaban ocurriendo en Puerto Rico a raíz de la industrialización promovida por la “Operación Manos a la Obra”, el gobernador Luis Muñoz Marín propulsó la “Operación Serenidad”. Algunos de los logros principales de este proyecto cultural fueron la creación de la División de Educación de la Comunidad (DIVEDCO), del Instituto de Cultura Puertorriqueña, el Conservatorio de Música, el Festival Casals y el Festival de Teatro Puertorriqueño. Este último lo organizaba el Instituto de Cultura Puertorriqueña, dirigido por Ricardo Alegría, quien recibió en 1993 el Premio de Honor Charles Frankel de manos del presidente Bill Clinton, por su perdurable liderato en la promoción de la cultura puertorriqueña y las humanidades dentro y fuera de Puerto Rico. Otras iniciativas de “Operación Serenidad” fueron una serie de incentivos a las artes, tales como becas y fondos para viajes, representaciones, exposiciones, películas, y publicaciones. Todo esto propició encuentros y colaboraciones entre los artistas de Puerto Rico y los radicados en Estados Unidos.

Antes del auge del movimiento de derechos civiles y de revitalización cultural entre los grupos étnicos de las décadas de 1960 y 70, no era fácil para los artistas puertorriqueños o latinos abrirse paso en los círculos artísticos estadounidenses. Correspondió a la propia comunidad promover espacios y oportunidades para adiestrar, desarrollar, y exponer a sus artistas. Uno de los primeros intentos fue el establecimiento en 1953 de Los amigos de Puerto Rico, a iniciativa de la artista Amalia Guerrero. Torruella Leval ha señalado que por más de dos décadas algunos de los mejores artistas de Puerto Rico vinieron al taller de Amalia Guerrero a enseñar o a aprender.

En los años cincuenta, las artes puertorriqueñas en Nueva York también recibieron respaldo de instituciones tales como el lnstituto de Puerto Rico, dirigido entonces por Luis Quero Chiesa, y la División de Migración, establecida por el gobierno de Puerto Rico y dirigida en esos años por Joseph Monserrat. La División de Migración auspiciaba la Galería Oller-Campeche, donde muchos artistas tuvieron ocasión de dar a conocer sus trabajos. Estas actividades complementaban el esfuerzo de Los amigos de Puerto Rico. La presencia en Nueva York para aquel entonces de Rafael Tufiño, Carlos Osorio, y Marcos Dimas también enriqueció la actividad artística. En décadas más recientes, artistas isleños como Antonio Martorell y Elizam Escobar, entre otros, han promovido los vínculos entre la Isla y la diáspora con sus continuas actividades artísticas en ambos lugares. En este sentido pueden ser considerados artistas “transboricuas”, pues se mueven con relativa frecuencia y facilidad entre los dos contextos culturales.

Cartel de Ernesto Ramos-Nieves

Cartel de Ernesto Ramos-Nieves

No fue hasta los años sesenta y setenta que los puertorriqueños nacidos o criados en Estados Unidos se dejaron sentir en el ámbito artístico, con obras que combinaban las imágenes, símbolos y tradiciones de la patria ausente con elementos de la dura realidad de la vida de los barrios. A través de murales, esculturas, pinturas, carteles y fotografías, el universo artístico de la diáspora comenzó a florecer por esos años y a plasmar el ser puertorriqueño en un ambiente bicultural. Otro tema clave fue la lucha y sufrimiento de los puertorriqueños de la clase trabajadora, quienes todavía representan la gran mayoría de los migrantes.

Aunque a veces los barrios estaban llenos de graffiti, los artistas puertorriqueños supieron utilizar el arte público para canalizar de manera creativa su coraje respecto a las condiciones de racismo y marginalidad socioeconómica que confrontaban en la sociedad estadounidense, o para celebrar y afirmar su herencia cultural. Las imágenes de un Puerto Rico mítico-la mansión de todo bien-empezaron a engalanar las paredes de los barrios, particularmente en áreas comerciales, como La Marketa en Nueva York. Benítez ha señalado que artistas como Johnny Vázquez y Millito López pintaban murales con escenas de la ruralía puertorriqueña. Al igual que sus compatriotas en la Isla, los artistas afiliados al Taller Boricua en Nueva York continuaron dándole difusión al arte del cartel y del mural como una manera de llevar el arte y concientizar a las masas.

La escultura de Rafael Ferrer “Puerto Rican Sun” (1979), instalada en el sur del Bronx, impartió un toque tropical a un ambiente urbano estéril mediante él uso de palmeras. En 1988, Manuel Vega representó tradiciones culturales afro-puertorriqueñas en su mural “Playa de amor”. Un año después, la Autoridad Metropolitana de Transportes de Nueva York comisionó a la artista Nitza Tufiño para crear un monumental mural de cerámica en una estación de subway en el Barrio. Esta impresionante pieza, “Neo-Boriken”, utiliza el motivo de los petroglifos taínos en colores brillantes. Otros artistas, como Pedro Villarini, crearon pinturas que reubicaban escenas del paisaje campesino y las tradiciones puertorriqueñas en el ambiente frío e incoloro de la ciudad.

La obra de Ernesto Ramos-Nieves, quien murió prematuramente en 1995, se encuentra en materiales curriculares, antologías ilustradas, carteles, y las cubiertas de la revista anual del Comité Noviembre. La revista destaca la obra de artistas puertorriqueños y la actividad cultural de la comunidad puertorriqueña en Estados Unidos. El Comité Noviembre se fundó en Nueva York en 1987 para promover la celebración del mes de noviembre como Mes de la Herencia Puertorriqueña

Quizás el artista que más poderosamente ha plasmado las imágenes, tradiciones y dilemas de la vida de los puertorriqueños en los barrios de Estados Unidos es Juan Sánchez, en sus cuadros y collages. Gladys Jiménez-Muñoz y Kelvin Santiago (1995) en su ensayo “Re/Defining. Re/Imagining Borders: The Artistic Production of Juan Sánchez “(Latino(a) Review of Books, Vol 1, no. 1, 1995), han sintetizado la esencia de su obra con estas palabras: ¿Acaso no es esto lo que significa ser puertorriqueño, particularmente en Estados Unidos: estar atrapado entre el español y el inglés; ser el híbrido tropical caribeño en el frío yermo de Niuyol City, tratar de negociar entre la [norte] americanidad y la latinoamericanidad, entre el ”welfare” y ”las 936”, “cruzar el charco” en la “guagua aérea”, etc.? No es casualidad que estos sean los temas que Sánchez incluye (explicita o implícitamente) en sus cuadros recientes”.

Otros destacados artistas de la diáspora incluyen a Adal Maldonado, Diógenes Ballester, Marina Gutiérrez, Anaida Hernández, Fernando Salicrup y Jorge Soto Sánchez en Nueva York; Soraida Martínez en Nueva Jersey ; Arnaldo Roche-Rabell, Bibiana Suárez, y Gamaliel Ramírez en Chicago; Pepón Osorio en Filadelfia y Obed Gómez en Orlando.

(Margarita Benítez es coautora de este artículo)

 

 

Autor: Dra. Edna Acosta Bel
Publicado: 11 de septiembre de 2014.

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