Portada Puerto Rico en el mundo

Portada Puerto Rico en el mundo

El conflicto político fundamental de la primera parte del siglo XX se escenificó bajo el signo de luchas imperiales entre las potencias industriales occidentales por el control de los territorios coloniales y los mercados internacionales. Sobre este panorama crispado de ambiciones hegemónicas y tensiones diplomáticas regionales se desató la Primera Guerra Mundial, que más que una guerra mundial fue una guerra civil europea. Pero la atención del mundo mediático interna­cional sobre el drama bélico escondía una tensión más profunda, más estructurada, basada en la desconfianza de las democracias liberales que iluminaban la irrupción de la modernidad.

La creación de la República de Weimar en Alemania al concluir la guerra, reemplazando las estructuras tra­dicionales del régimen autocrático wilhemiano, augu­raba entonces el triunfo definitivo de las democracias y daba inicio, en el campo cultural, a una energía creativa vanguardista sin precedentes. El espíritu wilsoniano do­minaba el mundo occidental, otorgándole al liberalismo estadounidense un prestigio universal.

La desintegración del imperio austriaco en repúblicas nacionales y la creación de la Liga de las Naciones testimoniaron este nuevo orden político mundial. En esos años, las democracias liberales, aliadas a las economías de mercado, reclamaban el crédito de haber creado las instituciones de la modernidad política y económica y se autodefinían, por lo tanto, como punta de lanza de las libertades humanas, el progreso social y la cultura cosmopolita. Mediante la creación del Estado Bene­factor, la normativa liberal asumía la responsabilidad por la prosperidad económica, la equidad y la justicia social. En otras palabras, las democracias incorporaban su fe moderna, laica, en un universo transformado de instituciones, programas sociales y mitos fundacio­nales, que encarnaban la idea del progreso en todos sus componentes: políticos (libertades), económicos (prosperidad), sociales (igualdad y movilidad social) y culturales (ilustración).

De izquierdas y derechas

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No obstante, mientras se expandía el prestigio de la izquierda liberal, surgían movimientos antiliberales que veían en la modernidad política y cultural un reto a la au­toridad natural e histórica (y por lo tanto al orden social estamental), que ponía en peligro la esencial naturaleza de la civilización y sus instituciones. De tendencia autocrática, esencialista y romántica (nacionalista), los sec­tores de la derecha europea rechazaron la legitimidad de la democracia parlamentaria moderna y se organiza­ron en torno a movimientos autoritarios y paternalistas que incorporaban valores militares y el culto a un líder o padre (el principio del führer o caudillo). El fascismo en Italia bajo Musolini, el régimen nacionalsocialista (nazi) alemán, el franquismo nacional-católico en España (que derrocó una República liberal mediante un golpe de estado), y la adjudicación de divinidad al Emperador japonés, son ejemplos de un antimodernismo político reaccionario que habría de disputarle la hegemonía mundial a las democracias liberales.

Vale apuntar que el antimodernismo de los movi­mientos derechistas de la pre-guerra se refiere tan sólo a los campos de la política y la cultura. La animosidad contra el parlamentarismo republicano y el desprecio de las vanguardias culturales no se extendió a las estruc­turas económicas modernas (capitalistas) ni al desarro­llo científico y tecnológico que había transformado la organización de la economía y el Estado. Lo contrario, la consolidación de grandes empresas financieras, metalúrgicas, farmacéuticas y mediáticas, eran promovidas como ejemplos de adelantos científicos y eficacia tecnología, mientras que el fordismo estadounidense se aceptaba como modelo de producción industrial. No es de extrañar que en la Alemania nacional-socialista, los ingenieros constituyeran el sector de mayor prestigio social y reconocimiento oficial (junto a la casta militar), mientras la desconfianza radical ante las vanguardias culturales forzaba al exilio a un enorme número de intelectuales y artistas. Debido a que el rechazo de la modernidad por parte de las derechas fue selectivo, la mentalidad dominante de los movimientos conser­vadores de los años treinta, cobijada por instituciones religiosas y militares bajo la égida del nacionalismo esencialista (y racista), ha sido designada por varios historiadores, como modernismo reaccionario.

De izquierdas y derechas

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El otro foco de antagonismo político mundial de la primera mitad del siglo se centra en la revolución bol­chevique de 1917 que derrocó al Zar de Rusia, implantó un régimen comunista y creó la Unión Soviética (URSS). Igualmente crítico de las estructuras parlamentarias y de las democracias liberales por entender que su función principal era preservar el orden capitalista; el pensamiento revolucionario proponía la emancipación universal del mundo moderno mediante una reordenación de las estructuras de producción bajo el control directo de un Estado laico, centralizado y regimentado por el partido proletario. La influencia de Lenin sobre el ethos político bolchevique logró modificar la visión marxista tradicional, creando un híbrido político donde convivía el espíritu social revolucionario de un mundo sin clases, junto a una sensibilidad autocrática montada sobre la desconfianza de las instituciones democráticas liberales. El régimen soviético, por lo tanto, combinaba nociones de la izquierda humanista y marxista en su programa social pero tomaba prestado de la mentalidad autocrática de derecha para organizar las estructuras de administración del poder.

La imagen mundial de la experiencia soviética, sin embargo, representaba una amenaza proveniente de la extrema izquierda que buscaba erradicar el poder de los estamentos tradicionales (incluyendo la burguesía comercial) y desbancar el predominio del capital en la economía internacional. El objetivo soviético de exportar la revolución bolchevique a expensas tanto de los regímenes autocráticos de derecha como de las democracias, animó la enemistad del mundo occidental.

Las ambiciones y poder real de los Estados derechistas del Eje (Alemania, Italia y Japón) forzaron, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, una alianza de izquierdas entre revolucionarios (la Unión Soviética) y las democracias occi­dentales lideradas por Estados Unidos y el Reino Unido. Para esos tiempos, la izquierda en Estados Unidos in­corporaba elementos progresistas moderados que pri­vilegiaban los derechos políticos y la libertad individual, junto a sectores más radicalizados que articulaban una crítica voraz a las estructuras del capitalismo depreda­dor y abogaban por la emancipación social como valor político supremo. A pesar de sus diferencias visionarias y estratégicas, sin embargo, todos los sectores de iz­quierda compartían su desprecio por las políticas reac­cionarias, totalitarias, paranoicas, racistas, militaristas y expansionistas de los regímenes que representaban la mentalidad totalitaria derechista de los años treinta. La Guerra Civil Española (1936-1939) ilustra esa claridad anímica y conceptual del ambiente político internacio­nal. Mientras las derechas aplaudían y apoyaban el le­vantamiento franquista, las izquierdas respaldaban, con entusiasmo, los esfuerzos de la República por resistir los embates de la reacción.

De izquierdas y derechas

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En síntesis, al irrumpir la Segunda Guerra Mundial, el campo antagónico de la política mundial quedaba des­lindado con diáfana claridad tanto en sus componentes visionarios como en su representación estatal.

No es de extrañar entonces, que la derrota definitiva del Eje en 1945 haya elevado el prestigio de los prin­cipios liberales y sus representantes a niveles insólitos. El desmantelamiento de las dictaduras fascistas (con la excepción de España), la paz en Europa y Oriente, la descolonización de Asia, Africa y el Caribe (desintegración de los imperios europeos), la creación de la Organización de las Naciones Unidas y el dominio económico del capital estadounidense, auguraban años de predominio democrático, estabilidad y progreso social y cultural. Al mismo tiempo crecían y se consolidaban movimientos de liberación nacional por todas partes. Incómodos con la naturaleza errática e incoherente del proceso de descolonización y ansiosos por aprovechar la coyuntura histórica de un clima político mundial favo­rable a la descolonización, muchos países adoptaron la rúbrica del comunismo internacional como emblema de sus aspiraciones y legitimidad. Los ejemplos más cono­cidos son China, debido a su enorme escala, y más tarde Cuba, cuya notoriedad data de su inesperado éxito en un marco de enemistad explícita con Estados Unidos

Pero la era nuclear inaugurada por los eventos de Hiroshima y Nagasaki no tardó en crear un nuevo antagonismo entre las democracias occidentales y la Unión Soviética. Esta última, alentada por el éxito de su Gran Guerra Patriótica y el acceso a armas nucleares no confiaba en las intenciones de sus antiguos aliados. El régimen híbrido estalinista, paranoico y aliberal, retó la hegemonía estadounidense con un extenso programa de militarización basado en las nuevas tecnologías, mientras ofrecía apoyo a los movimientos multina­cionales revolucionarios y de liberación nacional. Las medidas internas de represión política, instauradas originalmente para consolidar el poder dictatorial de Stalin y expandidas más tarde en la víspera de la guerra, encontraron caldo de cultivo en el nuevo clima de anta­gonismo internacional de la llamada Guerra Fría.

De izquierdas y derechas

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Mientras tanto, Europa occidental se reconstruía bajo la égida del capital estadounidense (promovido por el Plan Marshall) y Estados Unidos erigía una campaña masiva de propaganda mundial contra los designios de la Unión Soviética, sus aliados y los movimientos revo­lucionarios internacionales. El gobierno estadounidense reorganizaba sus mecanismos diplomáticos, militares y de inteligencia para encarar el reto soviético durante esos primeros años de la Guerra Fría, a la vez que su ideario liberal se reducía al tema de los derechos políticos y desautorizaba las manifestaciones más radicales de reivindicaciones sociales. El macartismo sirvió de herramienta política para asociar las posturas libertarias con los intereses del enemigo y para desplazar al radi­calismo de la arena electoral y de los medios de comunicación. A partir de McCarthy, la izquierda se replegó, salvo algunos grupos periféricos aislados, a un espacio moderado estrecho que llegó a encumbrar los valores patrióticos y de paternalismo estatal sobre los objetivos sociales de emancipación.

La derecha, por otro lado, se recomponía con fuerza de ánimo. La Guerra Fría parecía validar la noción de que la naturaleza de lo político se encuentra en un antagonismo permanente donde el contrincante no es un adversario con quien se debate (según la ética liberal), sino un enemigo (externo o interno) que hay que destruir por medio de la fuerza del Estado. Por otro lado, las instituciones benefactoras mostraban fisuras imprevistas que debilitaban su promesa de vindicación. A pesar del intento, bajo la presidencia de Lyndon Johnson, por restituir el prestigio del Estado como proveedor de justicia social (The Great Society), la burocratización de las instituciones federales (insensibilidad e ineficiencia operacional) crearon un ambiente propicio para la implantación de reformas conservadoras bajo el nuevo signo neo-conservador del mercado libre.

Estado Unidos comenzaba a mostrar, al igual que sus aliados europeos y estados satélites, las debilida­des intrínsecas de un orden liberal que incumplía sus promesas. La esperanza de prosperidad universal y progreso permanente promovida al terminar la guerra, se quebraba ante la persistencia de la desigualdad y la exclusión, mientras la expansión del capital global en un ambiente de desarrollo tecnológico sin precedentes exploraba nuevas formas de organización al margen de los controles de los Estados Nacionales. Pero el mayor enemigo de la izquierda internacional durante las primeras décadas de la posguerra fue el creciente desprestigio de la Unión Soviética, en la medida en que el régimen se anquilosaba y contradecía, en la práctica, los valores del espíritu revolucionario tradicional.

De acuerdo al pensador alemán Jürgen Habermas, el evento cultural de ruptura más consecuente del siglo XX se da a partir de los movimientos estudiantiles del 1968. De la desilusión ante la evidente incapacidad de los sistemas electorales de ejecutar cambios sociales necesarios, junto al reconocimiento de los límites de los cánones culturales de la modernidad humanista tradicional, surgen actos contestatarios espontáneos por todas partes con el objetivo de forzar cambios en las políticas e instituciones del Estado. Los fundamen­tos universalistas, racionalistas, esencialistas e indi­vidualistas de la teoría liberal clásica son asediados a partir del “68” por una sensibilidad pluralista que busca construir otras identidades bajo nuevos códigos cul­turales que privilegian la diversidad relativa del sujeto social. A partir de ese momento —entre otras conse­cuencias— comienzan a redefinirse las derechas y las izquierdas fuera del ámbito de las utopías tradicionales y los esquemas binarios de oposición entre sistemas totalitarios y democráticos. Por un lado, se populariza en círculos culturales y académicos una nueva sensibilidad denominada posmoderna que estimula el escepticismo y el abandono de lo político. Pero al mismo tiempo se reavivan los sectores antagónicos de izquierda y dere­cha, ahora bajo el signo de la Nueva Izquierda (New Left) y los neo-conservadores (Neocoms).

La sensibilidad posmoderna logró ejercer una crítica profunda de los fundamentos teóricos de la democra­cia liberal en sus supuestos universalistas, racionales e individualistas. Esta crítica proliferó en círculos académicos y teóricos, particularmente en los contornos académicos de los estudios culturales en las universidades estadounidenses. El pensador Richard Rorty lamenta que el empeño de los programas de estudios culturales por privilegiar el tema de las identidades sectoriales, haya tenido el efecto práctico de abonar al abandono de lo político, de ayudar a crear un vacio en la esfera pú­blica con efectos negativos para el desarrollo de insti­tuciones democráticas y el bien común. Según Rorty, en otras palabras, la desvaloración de lo político implícita en la crítica posmodernista al humanismo tradicional y la normativa liberal, desaloja de la arena política la voluntad de acción, de cambio real.

Pero el factor más determinante de la nueva configuración política mundial es el surgimiento de una economía globalizada que busca reemplazar las nor­mas del Estado Nacional por instituciones supranacio­nales auto-reglamentadas. Un nuevo cuerpo teórico, a veces mal llamado neo-liberal pero mejor conocido como neo-conservador (neo-com) ha redefinido a la derecha internacional sin alterar su esencial mentalidad. Las posturas neo-conservadoras no ofrecen una crítica directa del ordenamiento democrático pero si proponen modificar sus instituciones al punto de despojar a los Estados de su función social benefactora.

Umberto Eco ha dicho que el fascismo hoy ya no por­ta camisa marrón, ni defiende posturas anti-semitas, ni propone regímenes totalitarios, ni se posiciona como enemigo de la democracia. Ahora, por lo tanto, sin fa­langes, sin partidos nacional-socialistas y sin discursos y símbolos abiertamente fascistas es más difícil reco­nocer a los grupos derechistas. Pero el lobo, aunque se disfrace de abuela inocente, lobo es.

Podemos afirmar que hasta mediados de siglo XX, todavía existía en nuestro panorama político cierta sincronía con la antinomia moderna entre derechas e izquierdas que prevalecía en el mundo. Mientras las derechas conservadoras criollas defendían al régimen metropolitano (por constituir éste la autoridad sobera­na en funciones), se conformaban con una participación ventajosa en la economía y protegían los privilegios de los estamentos tradicionales, la oposición al régimen se organizaba en movimientos contestatarios con ataduras ideológicas a la izquierda internacional. Los nacionalistas, por ejemplo, proponían la emancipación política mediante un programa radical de liberación nacional bajo el principio de la libre determinación, que tomaba prestado de los movimientos antiimperialistas europeos, principalmente del irlandés. Mientras tanto, se organizaban proyectos liberales de modernización, con el objetivo de poner al país al día sin abandonar la alternativa de la independencia. Otra vertiente radi­cal, más débil en términos de apoyo popular, pero de enorme peso político-cultural, provenía de la tradición socialista internacional que proponía, sobre otros objetivos, la implantación de un programa revolucionario de emancipación social.

Sobre esta diversa actividad política contestataria, exacerbada por la desidia del régimen imperial (que definió la política oficial hasta la víspera de la Segunda Guerra Mundial), un proyecto liberal modernizador, ubicado en la izquierda política moderada de los mo­vimientos mundiales, logró ejercer su dominio sobre el imaginario político del país. El movimiento propulsado por el Partido Popular Democrático (PPD) coincide con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial y éste no tardó en consolidar su dominio sobre las estructuras del Estado, impulsado por un impresionante éxito electoral (1941-1968) y el apoyo contundente del gobierno fe­deral estadounidense.

En la medida en que la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se interpretó como una lucha por el pre­dominio mundial entre los regímenes totalitarios derechistas (el Eje constituido por Alemania, Italia y Japón) y las democracias liberales de occidente (los Aliados), lideradas por Estados Unidos, la Unión Soviética y el Commonwealth británico, el triunfo de los aliados se percibió aquí como el triunfo de las izquierdas democráticas sobre las derechas autoritarias. Se daba, con esa victoria, una apertura histórica a tiempos de paz y progreso mundial. En otras palabras, la cultura política de la pos guerra, en Puerto Rico y el mundo, reflejaba el prestigio y poder del liberalismo modernizador.

Poco después, sin embargo, al romperse la alianza con los soviéticos y advenir la Guerra Fría, el enemigo de Estados Unidos (y el mundo libre) se identifica claramente con la Unión Soviética y con los movimientos revolucionarios que ese país respaldaba por todo el mundo. Para el Estado puertorriqueño bajo la égida del Partido Popular, empeñado en modernizar al país sin violentar la relación con Estados Unidos, esta condición geopolítica hizo imprescindible un giro hacia el centro político y lo llevó a colaborar con la política federal de aislamiento de los grupos contestatarios. Se implantó, por lo tanto, la estrategia macartista de criminalizar la oposición radical del nacionalismo y el independen­tismo, con el fin de desautorizarlos como alternativa electoral. En este ambiente de “mordaza”, maniqueo y paranoico, los términos izquierda e izquierdista fueron identificados como enemigos de Estados Unidos, de la paz mundial y del progreso del país.

Los años que transcurren entre el 1968 (fin de la hegemonía el PPD y comienzos de la alternancia política) y el final de la Guerra Fría cuando Estados Unidos queda como única potencia mundial, denotan en Puerto Rico una tendencia a desalojar los viejos conceptos de izquierda y derechas de las contiendas políticas. La fundación del Partido Nuevo Progresista (PNP), heredero de la vieja derecha, se realiza en clave populista, reempla­zando las viejas consignas conservadoras con un ethos populista (benefactor y paternalista) que tanto crédito le había otorgado a sus adversarios del PPD.

Los partidos políticos en otros países comienzan a redefinirse durante esos años, aunque con una enorme variedad de términos, como laborales o socialistas en la izquierda y demócrata cristianos en la derecha. Aquí, sin embargo, ese proceso mundial no tiene el mismo arraigo, salvo en situaciones y grupos periféricos. Bajo la noción general de que aquí somos diferentes, la oposición entre izquierdas y derechas desapareció del discurso político, escondida bajo la adopción, por parte de todos los sectores electorales, de un discurso populista desnaturalizado, basado en el principio del patronato de Estado, las aspiraciones de movilidad social y el estatus. Su uso se tornó incómodo en el diálogo público, olvidando que alguna vez significaron algo. Así logramos fortalecer la desinformación, negamos la capacidad de equipararnos con el resto del mundo y abonamos a nuestro aislamiento y obsolescencia. El resultado lamentable es el asomo de la inmadurez política e institucional y, en un plano más general, el deterioro de nuestro desarrollo cultural.

Entrando en el nuevo siglo, los medios de comunicación en Puerto Rico abonan a ese aislamiento. Su com­plicidad estructural con los partidos políticos, insistien­do en que aquí somos diferentes, se demuestra a diario al tratar los asuntos públicos con una óptica partidista. Por ejemplo, es costumbre, en nombre de la imparcialidad, incluir representación de los partidos (o las postu­ras de estatus que estos favorecen) en los programas de radio y televisión. El caso del programa Fuego Cruzado ilustra el caso. Mientras aquí se esmeran en mantener la costumbre de darle espacio a un estadista, un auto­nomista y un independentista en el panel, el programa Cross Fire en Estados Unidos, que sirvió de inspiración al local, presenta de forma explícita a los participantes como portavoces de la derecha y la izquierda. Parece que no hay elector en Estados Unidos que no piense que los demócratas se inclinan más a la izquierda y los republicanos a la derecha. En Puerto Rico, no obstante, ese ya no es el caso. En los años cuarenta y cincuenta, siguiendo esa distinción ideológica tradicional, los po­pulares eran demócratas y los estadistas republicanos, Hoy, sin embargo, hay líderes estadistas afiliados tanto al Partido Demócrata como al Partido Republicano. El signo de identidad relevante para el discurso electoral, a pesar de que se habla mucho de ideales, es el bando de estatus al que se pertenece. ”Ideal” y partido político se funden aquí en un discurso primitivo de corte fundamentalista que desautoriza el verdadero debate político, relegando a la ignominia los más elementales principios de la acción participativa.

Mientras tanto, la práctica mediática en el plano in­ternacional sigue respetando la ubicuidad del binomio izquierda y derecha. Por eso, para propósitos informativos, los medios se ocupan siempre de identificar a los contendores electorales de acuerdo a si son de derecha o izquierda. Así ha sido en las recientes elecciones de Uruguay, España, Chile, Bolivia, Brasil, Nicaragua, Por­tugal, México, Ecuador, Alemania y más recientemente, Venezuela.

Cabe preguntar, por lo tanto, si no estamos ante una encrucijada, una coyuntura histórica, que amerita un realineamiento de las fuerzas políticas del país en torno a las alternativas políticas reales y no ficticias que ofrece el mundo actual.

Las estructuras históricas de larga duración definen los límites del campo político sobre los cuales emergen coyunturas y oportunidades de acción; es decir, espa­cios para efectuar cambios sociales reales más allá de la alternancia administrativa. Pensar lo contrario, desde el aislamiento, es no pensar y, como tal, condena a la alienación y a la trivialización del campo: a reducir lo político a mera política, a desarticular las instituciones y a negar la posibilidad de cambio real.

Roberto Gándara Sánchez
Editor
Centro de Investigación y Política Pública

 

 

Autor: Proyectos FPH
Publicado: 24 de septiembre de 2010.

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